La Singularidad

24 Nov

Un cuento de Sci.Fi metafísico, sobre la expansión del Universo en fast forward…

por Víctor Heco

Tardó en darse cuenta. Si hubiera prestado atención lo habría notado. Las cuatro cuadras que caminó hasta La Eulogia, le costaron una enormidad. Avanzaba con el cuerpo tirado hacia adelante, como empujando una etérea barrera que le ofrecía resistencia a cada paso. No había viento. El viento de agosto que recorre con furia las calles y agita los árboles hoy no soplaba. El cielo estaba despejado. Las hojas de los fresnos y plátanos permanecían inmóviles y sin embargo a él se le hacía trabajoso llegar al pub. Con un esfuerzo sobrehumano llegó a la ochava de Santa Fe y Avda. San Martín, de inmediato abrió la puerta y entonces si, la sensación de alivio lo invadió. Sintió como si hubiera escapado, a duras penas, de alguna sustancia viscosa que trataba de retenerlo, de impedirle avanzar.

El bar estaba desierto. Cosa muy rara a esa hora. Las once de la mañana, momento de café y charla intrascendente. De fútbol y política. De cigarrillos y chismes. Extraño. Ni el mozo estaba. Sobre la pared, a su espalda, un gran televisor mostraba imágenes del noticiero y de tanto en tanto las grandes sonrisas de los conductores anunciaban desgracias ocurridas aquí y en el mundo, mostrando plagas, huracanes, terremotos, mineros sepultados y escándalos del espectáculo. Avanzó con cautela. Estudiaba el ambiente. No estaba acostumbrado a ese silencio. A esa soledad. Tomó asiento junto a la ventana que da hacia la Avenida. Una ventana blanca, de esas antiguas, que se abren verticalmente, con medio vidrio. A su derecha, en diagonal veía el kiosco de Finito, justo en la esquina. También había poco movimiento. Todo muy quieto se dijo

Tal vez se distrajo. Tal vez porque era su costumbre, pensó, el mozo no lo consultó y directamente le trajo el café pero  lo cierto es que no vio nada de eso. Ni el mozo que se acercaba, ni la chica detrás de la barra sirviéndolo. Estaba mirando los coches detenidos en el semáforo cuando al dar vuelta la cabeza, vio el pocillo frente a el mientras que todo seguía solitario. Tampoco recordaba cuándo había encendido el cigarrillo, pero éste estaba humeante en el cenicero junto al recipiente con azúcar y edulcorante. Vio también dos sobrecitos rasgados en elocuente muestra de que los había volcado en la tacita. ¡Nada, no recordaba nada! ¡Qué sucede!, gritó. ¡¡ ¿Dónde están todos?!! Silencio, absoluto, opresivo y total silencio. Bajó la cabeza, trató de ordenar las ideas pero tampoco tenía ninguna. En su interior también había silencio, sólo alcanzaba a escuchar el televisor, por mas que no le prestara atención la voz le llegaba muy clara a sus oídos.

Escuchaba a alguien hablar en inglés y a pesar de no saber el idioma lo comprendía claramente. Quien hablaba parecía balbucear. Era una voz conocida. Alzó la vista y lo reconoció. Stephen Hawking, se dijo, el célebre astrofísico. Estaba explicando, con su metálica voz emitida a través de un ordenador,  su teoría acerca de que Dios, ni ninguna divinidad habían tenido nada que ver en el Big Bang. El decía que Dios no tuvo intervención cuando el infinitesimal punto conteniendo toda la materia y energía que hoy hay en el universo hizo explosión. En la colosal detonación ocurrida hace trece mil millones de años no hubo ninguna participación sobrenatural, sólo las leyes de la física. Sí, agregaba, hay un instante, inmediatamente anterior a eso en que esas leyes no se cumplen, eso se dio en llamar Singularidad. Aún no pudimos dilucidar ese hecho, agregaba el científico, pero algún día, lo sabremos. El periodista formuló una  pregunta pidiéndole precisiones sobre el Big Bang y Hawking dijo, con el lenguaje simple y llano de quien domina un tema: – Lo que ocurrió fue lo siguiente. Luego de la detonación, inmediatamente después de la Singularidad, la materia que hoy contiene el universo comenzó a expandirse. Toda la materia, la energía, la materia oscura, el hidrógeno, el helio, todo, empezó una expansión que aún continúa y los elementos químicos básicos comenzaron a combinarse y a formar las estrellas, las galaxias y los planetas. Todo surgió de ese momento mágico y, contrariamente a lo que se pensaba, la velocidad de expansión del universo continúa acelerándose. Llegará un día, dentro de millones de años, en que nuestro cielo no será tan luminoso como lo conocemos ahora, el cielo será oscuro pues las estrellas, se están desplazando.

Ese fue precisamente el momento en que se dio cuenta. ¡Claro!, dijo, ¡Es evidente! ¡¡Es eso!! Quería contarlo pero estaba solo. Su mente, que ahora si pensaba, realizó una pausa. Ordenó sus pensamientos y, reanudando la cadena de razonamientos concluyó que su dificultad para avanzar camino al pub no se debía a la debilidad o al  viento; ¡de ninguna manera! Se trataba simplemente de lo que había expresado el Dr. Hawking. Era muy simple. El café no era el café de hoy, era otro café, ¿de ayer? ¿De hace un año? Puede ser. A su alrededor, las paredes ya no eran las paredes del bar, eran las de la vieja farmacia que funcionaba en el lugar. El kiosco de Finito ya no estaba, había una vieja vinería. Al frente, el local del servicio de internet fue reemplazado por la antigua tienda Baravalle. Desapareció el semáforo, las calles eran de tierra. Lo compendió todo muy claramente. ¡El universo, su universo, había dejado de expandirse! Eso, con lo que el luchaba camino a La Eulogia, no era otra cosa que su universo en retroceso. Las cuatro cuadras que caminó desde su casa, fueron una lucha sin cuartel contra el infinito que se comprimía. Su infinito. Su espacio. Su tiempo.

Miró la mesa. Se estaba desdibujando. Tenía una extraña transparencia. Veía la mesa pero también el piso de madera entablonada. El humo del cigarrillo regresaba. La copa que rompiera quien sabe cuando, volvía a estar sana. Las cosas volvían a su lugar. El orden se restauraba. Los sobrecitos de edulcorante estaban sanos. Sus manos, ahora,  también eran traslúcidas. Su cuerpo, todo, era un simple contorno luminoso. Desde el televisor, Hawking parecía hablarle a el solamente. En este momento decía que dentro de millones de años, ese proceso de expansión se detendría y todo volvería a su punto inicial. ¡Mentira!, gritó, ¡Mentira! ¡Lo que se detiene y se contrae es el universo de cada uno, el proceso continúa, es infinito, es eterno.

Mientras gritaba eso, fue desmaterializándose. Ya no estaba en La Eulogia, con su olor a café y cigarrillos, debajo de él veía La Tierra, con sus océanos y sus nubes, pero continuaba su ascenso. Se sintió parte de todo. De la tierra, sus plantas y animales. Se asumió formando parte de cada una de las manifestaciones de vida del cosmos. En todo su ser, una total comprensión de las reglas inmutables de la creación, hizo explosión.

Se encontró admirando el espacio. Miró hacia el Sol y los gigantes planetas lejanos. Sobre un fondo oscuro, iluminados por la luz dorada de nuestra única estrella, en un magnífico claroscuro,  el perfecto mecanismo de sus órbitas realizaba su danza eterna. Pudo apreciar el proceso de formación de las estrellas. Contempló la muerte de otras. Las veía crecer hasta tamaños inimaginables y luego colapsar en una explosión dantesca, diseminado material estelar a los confines del universo. Se maravilló con la belleza de los pilares de la creación, aquellas reserva de materia cósmica  de dónde surgen las galaxias. Vio la errática orbita de los cometas, transportando agua y los elementos críticos para fundar la vida en mundos aún inexistentes. También, observó su vida, la que recordaba, ésta, la inmediata, que estaba finalizando y las que pudo tener. Supo de destinos alternativos, de mundos paralelos, de futuros probables. Experimento el dolor de sus tres fatales y consecutivos infartos. Entendió todo. Aquello que se dice, de que quien fallece puede repasar su vida era cierto. Cuando nuestro Universo comienza a contraerse también retrocede nuestro tiempo, volvemos al origen, volvemos a empezar, volvemos…

En ese momento, algo así como una voz que le transmitía con infinita ternura, se dejo oír en su esencia: -Bienvenido – le dijo a modo de saludo, Estás de regreso. No temas. Hawking pronto lo descubrirá. Yo Soy el que Soy. Yo soy la Singularidad.

Mas tranquilo, sabiéndose a salvo, se hizo uno con la creación.

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