¿MK-Castaneda? (parte 1)

23 Dic

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Un ejercicio especulativo. Este artículo apareció en el fanzine Le Mutant Diplomatique, en un número monográfico dedicado a la figura de Carlos Castaneda. El autor agradece a Drew Hempel sus aportes bibliográficos.

por El Reverendo JFK Tadeo

Amy Wallace menciona en Aprendiza de bruja cómo al final de su vida Castaneda habría estando dictando notas a una de sus colaboradoras acerca de una novela que describiría su trabajo como asesino a sueldo de la CIA en España. Dejando de lado el tema de la intervención de la CIA en la política española —véanse Los expedientes secretos de Manuel Carballal o La CIA en España de Alfredo Grimaldos para una elocuente discusión sobre el tema—, el discurso de que el movimiento psicodélico estadounidense fue de alguna forma diseñado o conducido de forma encubierta por las élites está tomando más y más fuerza los últimos años. Wallace dice haber recibido una carta anónima desde Simon & Schuster en la que se sugería que Carlos Castaneda no escribió exactamente sus libros, o no al menos en su totalidad. Todo ésto puede ser, claro está, simple rumorología, pero la idea de una mano negra manejando a Castaneda debe ser examinada.

Jay Fikes señala en Carlos Castaneda, oportunismo académico y los psicodélicos años sesenta cómo «para el año 1959 los militares estadounidenses empleaban a civiles como conejillos de indias para sus experimentos con LSD. Abbie Hoffman, el activista más radical de los 60, oyó hablar de la LSD por primera vez a Aldous Huxley en 1957. Dos años después, Herb Cahen, el columnista del San Francisco Chronicle, escribió que se pagarían 150 dólares a los voluntarios que participaran en los experimentos. Según Hoffman, “aquello vació Berkeley”. La cola de gente que esperaba ser retribuida por hacer un viaje era tan larga que Hoffman se quedó sin conseguirlo». Y, continúa Fikes, «en Stanford se desarrolló otro programa de investigación patrocinado por los militares. Fue allí donde el marido de Margaret Mead, el antropólogo Gregory Bateson, se aseguró de que Allen Ginsberg tomara LSD. (…) A Bateson le había dado LSD el Dr. Harold Abramson, un operario de la CIA que se deleitaba “conectando a intelectuales”».

Ciertamente la UCLA —en donde Castaneda obtuvo su título y en donde también llegó a recibir un respaldo entusiasta por parte de muchos antropólogos profesionales— también contaba con la presencia de agentes de la inteligencia estadounidense. Por ejemplo, en 1969 el Dr. Louis Jolyon West —quien participara en los primeros experimentos de la Guerra Fría sobre lavado de cerebro— fue nombrado director del Departamento de Neuropsiquiatría de la UCLA. Citemos algunos títulos de los estudios publicados por West para hacernos una idea de sus intereses: “Lavado de cerebro”, “Psiquiatría, lavado de cerebro y el carácter americano”, “Alucinógenos”, “Cultura hippie”, “Disturbios en el campus y la contracultura”, “Sectas, libertad y control mental” o “Técnicas de persuasión en sectas contemporáneas”. Además, no sólo se financiaban  en la UCLA estudios sobre control social; en The CIA doctors el Dr. Colin Ross explica cómo en 1966 había ingresado en el mismo departamento de Neuropsiquiatría la Dra. Thelma Moss, la cual llevó a cabo numerosos estudios sobre PES y fenómenos paranormales: “Efectos de PES en ‘artistas’ contrastados con ‘no artistas’”, “Investigaciones cuantitativas sobre una ‘casa encantada’”, “PES en largas distancias”, “Telepatía y vigilia”, “Hipnosis y PES: un experimento controlado”, “El efecto de la creencia en el éxito de la PES” o “¿Existe una energía en el cuerpo?”.

Lo que no deja claro el rumor que Wallace reproduce es si Castaneda, de haber ejercido como agente de la CIA, habría participado consciente o inconscientemente en dicha empresa: simplemente carecemos de la información necesaria para averiguarlo. Pero lo que sí es cierto es que existen precedentes para contemplar ambas opciones, y más si se tiene en cuenta que ocultismo y espionaje comparten un campo común de la experiencia humana. Como señala Michael Howard, «las oscuras artes del espionaje tratan de la obtención de información secreta, y brujas, psíquicos y astrólogos han afirmado siempre ser capaces de predecir el futuro y de saber cosas ocultas a la gente ordinaria (…) Ocultistas y oficiales de la inteligencia son similares en diversos aspectos, dado que habitan en un sombrío inframundo de secretos, engaños y desinformación». O en palabras de Iona Miller «lo que los espías tienen en común con los magos es una increíble habilidad para conectar lo aparentemente inconexo, darse cuenta de lo que sucede tras las bambalinas y ver más allá de las pistas falsas. (…) Ambos han aprendido a sintetizar e interpretar datos, a marcarle el paso a la gente y a controlarla mediante las artes comunicativas. Como observadores entrenados, los magos y los espías son adeptos a la lectura de la mente de las personas y al mantenimiento de secretos».

En un polo del argumento sobre la intencionalidad de Castaneda lo tendríamos uniéndose voluntariamente a las filas de las agencias de inteligencia —como se dice que ya hicieran en el pasado otros “hombres de conocimiento” como Aleister Crowley o John Dee. En el polo contrario, Castaneda aparecería como una víctima de los proyectos de control mental que persiguió activamente la CIA —ARTICHOKE, MK-ULTRA, etcétera. Siendo esta última una posibilidad más compleja que la de la unión consciente con los manipuladores —aunque dado el caso siempre se podría especular acerca de dobles y triples intenciones—, contemplémosla con más detenimiento.

Pre-historia del Control Mental

La creación de un asesino programado —lo que se llamó el “candidato manchuriano”— comprendería: 1) la inducción de hipnosis en sujetos involuntarios, 2) la creación de un subsecuente estado de amnesia y 3) la implantación de sugestiones posthipnóticas duraderas que se activarían mediante un estímulo concreto. En un experimento en 1954, el oficial Morse Allen consiguió poner en estado de trance a una de sus secretarias, implantándole la orden de matar a una compañera suya —lo cual de hecho intentó utilizando una pistola descargada que Allen había dejado a su alcance (inmediatamente pasó a olvidar todo el episodio).

No era, claro está, la primera vez que se inducía a la violencia por medio del trance: ésto es de hecho una constante durante toda la historia. Como cuenta Martin Cannon en “The pre-history of MK-ULTRA” el uso de la Amanita Muscaria y otras técnicas de inducción al trance con fines bélicos —con el fin de reducir el miedo y la ansiedad frente al conflicto y aumentar la fuerza, la resistencia, la agudeza mental y la habilidad de soportar el dolor— eran ya conocidos en las tribus de Rusia central hace 4500 años. El Dr. William Sargant, también involucrado en los estudios sobre control mental estadounidenses, era plenamente consciente de ésto:

“Algunas personas pueden producir un estado de trance y disociación en sí mismos, necesitando cada vez menos de estímulos emocionales fuertes y repetitivos, hasta el punto en que se vuelve un patrón de condicionamiento de la actividad cerebral que llega a darse únicamente ante pequeños estímulos y dificultades. Por ejemplo, en el contexto de las religiones primitivas (…) si el trance se acompaña de un estado de disociación mental, la persona experimentándolo puede ser profundamente influenciado  en su conducta y su pensamiento subsecuente.”

Otro ejemplo paradigmático puede encontrase en la figura del señor de la guerra persa Hasan I Sabbah, quien al parecer inducía un trance a sus reclutas haciéndoles creer que estaban literalmente muertos y que se encontraban en el Jardín de las Delicias; acto seguido, los sacaba de dicho trance y los enviaba a luchar prometiéndoles que su martirio sería recompensado con el regreso al paraíso.

En Las armas secretas de la CIA, Gordon Thomas describe a los integrantes de los programas de control mental inmersos en la lectura de antiguos grimorios y expedientes de la Inquisición, estudiando la aplicación de ritos de vudú a sus experimentos y viajando por todo el mundo en busca de drogas exóticas. Pero, en cierto modo y como sugiere John D. Marks en En busca del candidato de Manchuria, todos estos experimentos supusieron de hecho la puesta en evidencia de las limitaciones de la mente occidental en su búsqueda por el control de las técnicas de pueblos del pasado: el lavado de cerebro que la China comunista había realizado en los soldados estadounidenses —el suceso que de hecho disparó la paranoia de los mandatarios de los EEUU respecto al control mental— y que había sido llevado a cabo por consumados acupuntores habría acabado siendo más efectivo que los experimentos estadounidenses. (Marks sin embargo admite que los documentos declasificados a los que tuvo acceso son en el mejor de los casos ambiguos y que estaban altamente censurados. Del mismo modo alberga fuertes sospechas de que la batalla por el control de la mente de la CIA se trasladase al campo de la alta tecnología; los avances que en los últimos tiempos están saliendo a la luz en el campo de los dispositivos cibernéticos aplicados a la mente humana desde luego no augurarían nada bueno si se decidiese aplicarlos al control social, pero éste es otro tema).

Pero volviendo al experimento de hipnosis de Morse Allen con su secretaria asesina, una cosa era tener éxito en el entorno de una oficina y otra bien distinta sería llevarlo a cabo en el  campo de la acción real. Como sopesaba un veterano del MK-ULTRA: «si tienes un cien por cien de control, tienes también un cien por cien de dependencia. Si algo sucede y no lo has programado, tienes un problema. Si intentas implantar flexibilidad, pierdes el control. En el momento en que dejes tomar decisiones al agente, careces del control».

A veces existe una cierta tendencia  entre los investigadores de la parapolítica de mistificar a los agentes de los complots con un aura de poder oculto, pero puede que ésto tenga luego poco que ver con la realidad; lo cierto es que en el mundo real la torpeza, el azar y la chapuza hacen su aparición en cualquier lugar. Considérese por ejemplo esta hilarante anédocta narrada por el Dr. Sidney Gottlieb:

“Como sabrán, uno de los problemas de los dispositivos de sonidos instalados en la pared o bajo una alfombra es que, al igual que una cámara fotográfica, toman una imagen de lo que captan, no de lo que ustedes interpretarían por sí mismos gracias al cerebro. Los seres humanos tenemos una cóclea en los oídos que filtra los sonidos para que podamos sostener, por ejemplo, una conversación en un cóctel. Sin embargo, si uno graba un cóctel, recogerá todo el ruido y no podrá distinguir la conversación. Hemos estado trabajando en un dispositivo de audio que filtra el ruido de fondo. Hemos usado una cóclea de verdad, una cóclea de gato. Cableamos al gato para que bloqueara todos los sonidos indeseados. Lo adiestramos para que escuchara conversaciones y no el ruido de fondo. Nos hemos gastado un dineral. Abrimos al gato, le metimos baterías y lo cableamos. Usamos su cola de antena. Luego le hicimos pruebas y más pruebas. Descubrimos que dejaba el trabajo a medias si le entraba hambre, de modo que nos ocupamos de eso conectándole otro cable que le quitaba el hambre. Luego lo llevamos a un parque y le dijimos: «Escucha a esos dos tipos. No escuches nada más: ni a los pájaros, ni otro gato ni un perro. ¡Sólo a esos dos tipos!». Mientras el gato cruzaba la calle, un taxi lo atropelló. Allí estábamos, sentados en nuestra furgoneta, listos para grabar al gato mientras él nos retrasmitía la conversación de aquellos dos sujetos, ¡y el gato estaba muerto!”

Constinúa en parte 2

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