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Para los Guerreros de la Libertad Total

2 Nov

por Lisandro Casiardi

Muchos son los autores que hablan de chamanismo, plantas sagradas y la utilización de lo que Huxley llamaba el “atajo tóxico”, como via de sabiduría y ampliación de la consciencia. Sin embargo creo que son contados los que han logrado un grado de precisión en las descripciones de sus experiencias que derive en el valor pragmático de sus relatos, sin negociar la calidad literaria de su obra. Carlos Castaneda- estimo- se encuentra entre uno de ellos. Su historia personal permanece misteriosa incluso para aquellos que mejor lo conocieron y mucho se ha puesto en duda la supuesta valía de sus trabajos como investigaciones antropológicas sobre la sabiduría de los pueblos de México antiguo. La mismísima existencia de Don Juan Matus- su maestro yaqui y co-protagonista de los relatos- aparece como quimérica y la reputación de Castaneda fue y es cuestionada, aun por muchos de sus seguidores. No obstante la sabiduría contenida por la obra castanediana es inexpunable, ya que es suceptible de ser comprobada, en cualquiera de sus grados, por quienquiera que desande un camino espiritual de manera seria y persistente: he ahí donde radica su valor intrínseco, más allá de ninguna certificación académica o impugnación personal a la controversial figura de su autor.

A continuación transcribiré fragmentos del capítulo 2, “Los Pinches Tiranos”, del libro “El Fuego Interior”, acerca de la “importancia personal” (llamada por nosotros Ego) y lo fundamental de su erradicación para el guerrero.

Espero que lo disfruten y puedan leer la totalidad de libro…

[…] Al momento en que don Juan y yo salíamos de la casa la Gorda nos intercepto y nos exigió que la llevaramos con nosotros. Parecía determinada a seguirnos. Con vos muy firme don Juan le dijo que tenía que discutir algo conmigo en privado.

– Van a hablar de mí- dijo la Gorda; su tono y sus gestos traicionaban tanto su desconfianza como su enojo.

– Pues, sí- repuso don Juan secamente. Pasó frente a ella sin volverse a mirarla.

Lo seguí y caminamos en silencio hasta la plaza del pueblo.

Cuando nos sentamos le pregunté que qué demonios podríamos discutir acerca de la Gorda. Todavía me molestaba la amenazante manera como me había mirado cuando salíamos de la casa.

– No tenemos nada que discutir acerca de la Gorda o de ninguna otra persona- repuso-. Le dije eso solo para aguijonear su enorme importancia personal. Y dio resultado. Está furiosa con nosotros. Yo la conozco bien, estuvo hablando consigo misma y ya se dijo lo suficiente para darse confianza y para sentirse indignada porque no la trajimos y por haber quedado como tonta. No me sorprendería si se nos viene encima en este banco.

Quejándome a medias, le dije que me había hecho sentir muy mal al negarse a hablarme desde mi llegada a su casa. Me miró y arqueó las cejas. Una sonrisa apareció fugazmente en sus labios y se desvaneció. Me dí cuenta que me daba a entender que yo estaba tan confuso como la Gorda.

– Te estuve aguijoneando tu importancia personal- dijo frunciendo el entrecejo.- La importancia personal es nuestro mayor enemigo. Piénsalo, aquello que nos debilita es sentirnos ofendidos por los hechos y malhechos de nuestros semejantes. Nuestra importancia personal requiere que pasemos la mayor parte de nuestras vidas ofendidos por alguien.

-Los nuevos videntes recomendaban que se debían llevar a cabo todos los esfuerzos posibles para erradicarla de la vida de los guerreros. Yo he seguido esa recomendación al pié de la letra y he tratado de demostrarte por todos los medios posibles que sin importancia personal somos invulnerables.-

Mientras lo escuchaba, de pronto sus ojos se volvieron muy brillantes. La idea que se me ocurrió, de inmediato, fue que parecía estar a punto de reírse, y que no había motivo para hacerlo, cuando me sobresaltó una repentina y dolorosa bofetada en el lado derecho de la cara.

Me levanté de un salto. La gorda estaba parada a mis espaldas, con la mano aun alzada, su cara estaba roja de ira.

– Ahora sí puedes decir lo que quieras de mí, y con más razón- gritó.- ¡Pero si tienes algo que decir, dímelo en mi cara, hijo de la chingada!-

Su arranque pareció haberla agotado; se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Don Juan estaba inmovilizado por un júbilo inexpresable. Yo estaba tieso de pura furia. La Gorda me fulminó con la mirada y luego se volvió hacia don Juan, y le dijo sumisamente que no teníamos ningún derecho a criticarla.

Don Juan se rió con tanta fuerza que se dobló casi hasta el suelo. Ni siquiera podía hablar. Dos o tres veces trató de decirme algo pero finalmente se incorporó y se alejó, con el cuerpo aun sacudido por espasmos de risa.

Yo estaba a punto de correr tras él, todavía furioso contra la Gorda, quién es ese momento me parecía despreciable, cuando me ocurrió algo extraordinario. Supe, instantáneamente, qué era lo que había hecho reír tanto a don Juan. La Gorda y yo eramos horrendamente parecidos. Nuestra importancia personal era gigantesca. Mi sorpresa y mi furia al ser abofeteado eran exactamente iguales a la ira y la desconfianza de la Gorda. Don Juan tenía razón. La carga de importancia personal es en verdad un terrible estorbo.

Corrí tras él, exaltado, lagrimas me brotaban de los ojos. Lo alcancé y le dije lo que había comprendido. En sus ojos había un brillo de malicia y deleite.

[…] Regresamos a la casa. Don Juan les contó a todos lo que había hecho la Gorda. El deleite de los videntes y las bromas que habían hecho al respecto aumento el desasosiego de la Gorda.

-La importancia personal no puede combatirse con delicadezas.- comentó don Juan cuando expresé mi preocupación acerca del estado de ánimo de la Gorda.

[…] – Los guerreros combaten la importancia personal como cuestión de estrategia, no como cuestión de fe.- repuso.- Tu error es entender lo que digo en términos de moralidad. […] -Lo que tu estás viendo como moralidad es simplemente mi impecabilidad- dijo.

[…]- La impecabilidad no es otra cosa que el uso adecuado de la energía- dijo.- Todo lo que yo te digo no tiene un ápice de moralidad. He ahorrado energía y eso me hace impecable. Para poder entender esto tu tienes que haber ahorrado suficiente energía, o no lo entenderá jamás.

[…]- Los guerreros hacen inventarios estratégicos- dijo.- Hacen listas de sus actividades y sus intereses. Luego deciden cuáles de ellos pueden cambiarse para, de ese modo, dar un descanso a su gasto de energía.

[…] Don Juan dijo entonces que en los inventarios estratégicos de los guerreros, la importancia personal figura como la actividad que consume la mayor cantidad de energía, y que por eso se esforzaban por erradicarla.

– Una de las primeras preocupaciones del guerrero es liberar esa energía para enfrentarse con ella a lo desconocido- prosiguió don Juan-. La acción de recanalizar esa energía es la impecabilidad.

Dijo que la estrategia más efectiva fue desarrollada por los videntes de la Conquista […] que consiste en seis elementos que tienen influencia recíproca. Cinco de ellos se llaman los atributos del ser guerrero: Control, Disciplina, Refrenamiento, la habilidad de escoger el momento oportuno, y el Intento. Estos cinco elementos pertenecen al mundo privado del guerrero que lucha por perder su importancia personal. El sexto elemento, que es quizás el más importante de todos, pertenece al mundo exterior y se llama el Pinche Tirano.

[…] – Estoy realmente perdido- dije-. El otro día dijo Ud. que la Gorda es la pinche tirana de mi vida. ¿Qué es exactamente un pinche tirano?

– Un pinche tirano es un torturador- comentó-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente les hace la vida imposible.

[…] – Todavía no has puesto en juego los ingredientes de la estrategia de los nuevos videntes- dijo-. Una vez que lo hagas, sabrás cuán eficaz e ingeniosa es la estratagema de usar a un pinche tirano. Te aseguro que no sólo elimina la importancia personal, si no que también prepara a los guerreros para entender que la impecabilidad es lo único que cuenta en el camino del conocimiento.

[…] Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.

[…] Si uno se las puede ver con los pinches tiranos, uno ciertamente puede enfrentarse a lo desconocido sin peligro y luego, incluso, uno puede sobrevivir a la presencia de lo que no se puede conocer. […] Es sólo ahora que lo sabemos, sabemos que nada puede templar tan bien el espíritu de un guerrero como el tratar con personas imposibles en posiciones de poder. Sólo bajo esas circunstancias pueden los guerreros adquirir la sobriedad y la serenidad necesaria para ponerse frente a frente a lo que no se puede conocer.

[…] – ¿ Ud. encontró un pinche tirano, don Juan?-

– Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí.-

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Al Kamtr

2 Nov

Una ficción corta, un western de misterio con aliens de la Antigüedad en la Patagonia post-masacre del desierto…

por Franco Vico

Febrero de 1895 – Estancia Allen

Rio Negro (República Argentina)

Luego de una extenuante jornada de trabajo agreste los hombres nos reunimos, como por costumbre, en círculo junto al fuego. Tras la comida y cuando la noche se cerró sobre la estepa, el mayor del grupo, descendiente de los Aónik’enk, nos asombró como solía hacerlo, con uno de sus relatos. Sólo que esa noche fue muy diferente.

Hacía meses que convivía junto a los jornaleros y me había ganado cierta confianza entre ellos. Mi condición de blanco foráneo y la diferencia entre lenguas ya no representaba una barrera para mis investigaciones. Por lo tanto aquellas historias que anteriormente callaron, me estaban siendo reveladas dada la familiaridad que fui trabando con ellos.

La cercanía temporal con la llegada de la civilización por estos lares hace que la presencia blanca sea aun sinónimo de amenaza. No obstante, mi obstinación en aprender las labores del campo y mi poco reparo a involucrarme como un par, hizo que me aceptaran al cabo de algunas semanas.

Hace poco recibí un telegrama de Tübingen. El comité de investigación reclamaba noticias. Después del duro episodio, envié una misiva a la Universidad comunicando mis más recientes adelantos. Calculé que Herr Wärtherman se alegraría de saber que estaba progresando y que, como dice él, “no he perdido el tiempo”. Sin embargo, y aunque debo reportar todos los avances a mi tutor, dudé en confesarle lo que sabía.

Bandera de Gales

Las historias de Rudecindo- así se llamaba el hombre- variaban notablemente de una sobremesa a la otra, de un amanecer a otro. La tribu de su padre fue aliada del jefe Casimiro Biguá, quien en 1869 juró lealtad al estado Argentino y protegió a las colonias galesas del sur recién conquistado. Ese acto de conveniencia política le valió a Biguá las enemistades de otros jefes, pero salvó a gran número de salvajes y evitó que la tribu se dispersara, permitiendo que sobrevivieran sus relatos y tradiciones. De ahí la variedad y extrañeza de muchas de las historias de este remanente aborigen y su importancia para mis pesquisas.

Rudecindo ya nos había narrado la leyenda de las naves que atracaron hace casi mil años en las costas del este. De ellas descendieron dioses de “piel plateada” que “corrían en 4 patas”. Me pregunté qué grado de relación guardaban estas fábulas con la Historia real de la tribu. No creí que la hubiera.

Esa tarde aprendí más sobre la historia de Rudecindo. Supe que cuando joven, convivió de cerca con los galeses e irlandeses que se asentaron en Chubut. Luego de que Biguá se enfrentara a Calfucurá y evitara una masacre, su tribu se estableció en terreno conquistado y recibió sustento y honores. Por alguna razón esa parte de su biografía lo incomoda, al tal punto que pareciera que esconde o teme contar algo. Lo único que pude sacarle es que, según el brujo de su tribu, algunos blancos de estas colonias británicas son parecidos a los “dioses plateados”, en más de un sentido.

El resto de los peones le guarda especial estima. Podría decirse que sin ocupar un cargo jerárquico lo veneran espontáneamente, como los clanes a su shaman.

Esa noche disfrutamos- por ser el último día de la semana- de vino y la faena de un cabrito. Los peones se encontraban satisfechos y joviales. Jamás imaginaron lo que acontecería.

Cuando el jolgorio se silenció los hombres pidieron a Rudecindo una historia. Él prosiguió con una ampliación de la leyenda: Contó que los “dioses plateados” se llevaban mujeres jóvenes y niños pequeños. Las tribus, desesperadas, los buscaban incansablemente, hasta encontrarlos masacrados. A veces incluso, para evitar una matanza mayor, el jefe ofrendaba a un niño. Una valiente jóven logró escapar de las garras de los dioses y describió a la tribu sus atroces experiencias. Dijo que eran emisarios de Kerolkenk, el innombrable, y que se habían establecido en una isla en el mar oriental. Ella los observó y pudo percatarse de su mortalidad casi humana. Comían, sangraban, también dormían. Esto dio coraje a los Aónik’enk.

La tribu organizó una avanzada para finiquitar sus tormentos. La brava mujer los guió. Los guerreros lograron cruzar al islote y espiar los rituales divinos. La abominación misma era aliada de los plateados. En esa parte Rudecindo trastabilló, confundido. Sólo atinó a repetir un vocablo, o mejor dicho dos: Al Kamtr, o Alenk Kamtr. Muchos lanceros Aónik’enk perecieron en combate, pero lograron diezmar las filas de los desprevenidos dioses. Poco después la fortaleza sería abandonada, dejando atrás sus estructuras edilicias, erosionadas hasta lo imperceptible. Rudecindo señaló que la clave de esto estaba en la insignia de los gringos chubutenses. Imaginé que se refería a la bandera de Gales, que luce un Dragón rojo en el centro. Así lo entendí pues la traducción de dichos términos nativos es “hombre u hombres lagartos”.

representación del dios Azteca Quetzacoatl, la serpiente emplumada

Los peones comenzaban a inquietarse, se veían tensos, disgustados. Carraspeaban, encendían cigarros, se tropezaban o dejaban caer sus copas. “Cosa e’ Mandinga” murmuraron. Los caballos replicaban su molestia.

Las preguntas se me abarrotaban en la garganta, pero no quería interrumpir ni desviar la narración. Rudecindo dijo que los Alenk Kamtr se habían asociado al hombre blanco en los momentos en que la noche se hizo día y la tierra se dio vuelta, pero que llegaron desde el cielo, muchísimo antes. Los Kamtr son invisibles “como la claridá”, pero esta alianza hace que posean el cuerpo de algunos blancos, usándolos de títeres para sembrar el terror. Sólo unos pocos que se mezclaron con los Kamtr hace centurias tienen este poder. Su apariencia cambia revelando la naturaleza de sus amos, “se les pone la jeta de víbora”, sobretodo con la furia, el olor de la sangre o la regla de las mujeres. Se les adivina en los ojos, más parecidos a una serpiente o un gato que a “un crestiano”. Algunos blancos que no poseen este poder son servidores suyos, como “los conquistadores Roca y Vinter”. No obstante tal hipótesis está impugnada, porque ciertas tribus aseveran que ellos también cambia de forma. Algunos niños blancos están tan vinculados con los Kamtr por su ascendencia que no controlan el impulso de la transformación. Varios peones confirmaron este dato, dada su experiencia con los hijos de los patrones, en San Isidro y Córdoba. Era estupendo cuánto se ajustaba a otras mitologías lo narrado por Rudecindo. Los Naga en la India, Cécrope I de Atenas, el dios azteca Quetzlcoatl, Sobek y los Unas egipcios; los ejemplos se multiplican hasta el abatimiento.

El brujo de su tribu le explicó que hay varias clases de dioses del cielo, más benignos que los Kamtr. Algunos se parecen a los hombres blancos pero son más puros de espíritu. Ellos le dieron a los Aónik’enk el conocimiento del fuego y la medicina de las plantas.

Afuera del cobertizo, el viento patagónico azotaba los postigos. Clay, el potro negro, comenzó a corcovear impaciente, los seis corceles restantes lo siguieron. Los peones no pudieron sosegar la caballada. La tempestad se volvió más feroz avisando tormenta. Clay terminó desbocándose por completo y derribó a un peón de una patada en el pecho. Tendido acabó el hombre, sobre el desierto mojado. Dijeron que se recuperaría, eso quisieron creer.

Al día siguiente noté un cambio en la relación del grupo con Rudecindo. Sospeché que lo responsabilizaban del accidente, por “haber llamado a la desgracia”. Le pregunté si existían pruebas físicas del paso de los dioses plateados por la Patagonia. Me envió a la costa del golfo San Matías, a un lugar que llaman “El Fuerte”. Me advirtió que al facilitarme esta información estaba violando un pacto milenario de los plateados con su pueblo. El acuerdo consistía en que los dioses retrasarían todo lo posible la llegada de los conquistadores blancos a dominios Aónik’enk, mientras ellos no revelaran su paradero a los exploradores españoles. Pero las cosas habían cambiado- manifestó- y era necesario desenmascarar “los daños e’ Mandinga”.

vista de El Fuerte o Fuerte Argentino, en el Golfo San Matías, Pcia. de Chubut.

Resolví dirigirme a San Matías. Ignoraba cómo o qué buscar pero supe que mi intuición me regiría. Estuve en lo cierto. Los ocres acantilados guardaban secretos casi imposibles de descifrar para quien no tuviera pistas ciertas. El Fuerte es una suerte de atolón plano de unos 150 metros de alto, escindido del continente. Ninguna edificación corona esta masa de tierra. Aun así, resulta extraordinario que en su cara oriental se puedan ver formaciones paralelas de apariencia artificial, que recuerdan a dársenas o muelles. En las semanas que pasé allí encontré numerosas imágenes y símbolos grabados en las paredes de las heladas grutas. Ninguno correspondía al imaginario Aónik’enk. Muy por el contrario, se asemejaban sobremanera, por su hechura e iconografía, a los bajorrelieves cristianos del temprano medioevo. (1) Tomé muestras que serán confirmadas en Tübingen a mi regreso.

De vuelta a la estancia, busque en el correo la respuesta de la Universidad. Infortunadamente, mis reparos se habían realizado. Wärtherman desestimaba el nuevo rumbo de la investigación, echando por tierra mis observaciones. “[…] Recomiendo que deje estos asuntos a los astrólogos, quiromantes, mediums y otros charlatanes; a los literatos en el mejor de los casos. Si no quiere convertirse en uno de ellos, cíñase a los más estrictos preceptos científicos y mantenga el rumbo fijado por mi tutoría; de lo contrario el comité se verá obligado a descontinuar el financiamiento de su trabajo de campo. Esperamos ansiosamente noticias de sus progresos. Atte. Herr W.”

piedra encontrada en las inmediaciones del Golfo de San Matías.

Los paisanos almorzaban cuando llegué. A pesar de mis preguntas, ninguno osó comentarme qué fue de Rudecindo o del peón accidentado. Su inesperada ausencia y el sobrenatural silencio de sus compadres me alarmó hasta los tuétanos. Dispuse marcharme definitivamente. Reuní mis escasos petates y me despedí rápidamente de todos. Mr. Allen estaba en el casco. Salió a mi encuentro y estrechó mi mano deseándome suerte. Cuando lo miré a los ojos comprendí cada palabra de Rudecindo.

Bibliografía

1 – Ing. Martí, Fernando Flugerto: La llegada del Santo Grial a la Argentina, el golfo de San Matías y el cerro El Fuerte http://www.delphos.com.ar/content/est_002.htm

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