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John

22 Nov

Hoy 22 de noviembre se cumple un nuevo aniversario del asesinato de JFK. He aquí un breve recordatorio de los hechos más relevantes de su vida y su muerte, en clave de prosa poética.

por Franco Vico

Irlandés y católico hijo de la élite, lo pusieron allí por eso. Irlandés y católico, su padre, el millonario del licor, entrenó a la progenie en los ministerios del dinero y la influencia, allanándoles camino bajo la protección de otros clanes. De sangre real, un partido seguro, aunque irlandés y católico, quién sabe. Irlandés y católico, mujeriego impenitente, hasta llego a follar en plena fiesta e intercambiar pareja con su amigo Kefauver, sin que el resto de la concurrencia considerara siquiera quitarse la ropa. Irlandés y lujurioso, asombrosamente no dado al trago pues su padre le pagó mil billetes para que no bebiera hasta sus 21, cosa que él le agradecía. Millonario del licor su padre, pero no borracho, detestaba el estereotipo del Úlster, de beodos buscapleitos. Millonario del licor, inversionista y embajador en Londres, sin él la guerra no se hubiera urdido, incluso hizo apresar a Gatewood Kent por querer avispar al ganado, de la carnicería pergeñada.

Irlandés y católico, womanizer, amigo en secreto de magos negros y amante de esclavas mentales, se caso con ella solo para fraguar un perfil de padre trabajador adicto a las buenas costumbres, tan necesario. Pero ella lo sabía todo y su suerte, por lo cual escribió una breve profecía literaria sobre su búsqueda del vellocino de oro, la noche de bodas. Ascendió rápidamente desde sus días en Choate y el London School, donde entró por un judío, amigo de su padre, una excepción a la regla. Todos le decían Jack y, aunque pensaba dedicarse al periodismo, la fortuna dictó que su hermano mayor muriera y alguien más en la familia debiera sojuzgarse en la política. Ascendió rápidamente, primero diputado y luego senador, votó leyes ganadoras y acompaño a MacCarthy en su gesta incendiaria, todo útil para presidenciarle. Irlandés y católico, hijo de la élite, de un modo u otro un chorlito en la oficina. Solo debió negociar con su rival Johnson para la fórmula, si no quería que las grabaciones de Hoover salieran al ruedo.

Debatió con el malo públicamente, por TV y radio, tres veces. La primera, los que escucharon la radio dijeron que ganaría el malo, los que lo vieron supieron que sería él. El malo transpiraba, era feo y torpe; él en cambio era un esposo ideal, atractivo y resuelto, tanto que ni parecía católico. Convenció a la multitud de su integridad o progresismo, y todos asintieron mientras el malo se secaba la cara con un pañuelo. Y él no transpiraba, no por irlandés, si no por haberse dejado maquillar.

Las elecciones resultaron sencillas aunque ya presentía que era Johnson su guardiacárcel. Declamó frases únicas e hipnóticas en su asunción, prometió cosas a negros y radicales. Sus patrones lo entendieron como parte del juego y por qué no, tal vez lo fuera. Fue el más joven electo por las masas en su cargo, el más joven, todo un símbolo, llamando a la acción, al compromiso. Era un buen oficiante, como deben serlo los que ahí llegan, hijos de la élite. Dio discursos y tomó medidas que señalaron la fractura nacional, lo acusaron de comunista, de nigro lover, de cobarde, católico e irlandés. Pretendió acabar con lo que hacía daño y derrochaba energías, pero no se dio cuenta que eso enfurecería a sus mentores, jefes de la élite, quienes verían adelgazar varios centímetros su cartera de dominios. No intervino en la gran isla, decapitó a los servicios secretos, reformó la corte, no era suficientemente hostíl, quería la paz del mundo, el desarme, todo eso sin revocar dos penas de muerte, una de ellas la última de Iowa. Un chorlito en la oficina que no hace su trabajo, probablemente no sea tan inocuo.

Trayectoria de la “Bala Mágica”, de acuerdo a la Comisión Warren.

Muchos lo detestaban, por no entenderlo o por irlandés y católico. Tal vez fuera parte del plan pero la 11.110, resolución un tanto pasada por alto, quizás haya sido la que selló su destino, sin marcha atrás. Planeaba reconquistar la maquina de imprimir notas de cambio, eludiendo tanto privilegio mal habido de los padres de la élite. Como  fantasearon el escuálido Lincoln, Gardfield y otros muertos como ellos, el pueblo podía también pintar papeles y llamarlos plata, pues no hay nada especial en ello, salvo el acto de magia. Y así firmó, sonriente, la orden de dicho número difícil de recordar, con cuatro unos que suman cuatro, elocuente cifra de la materia terrenal. Fue así que el monstruo de Jekyll, de la isla con ese nombre, se sintió desnudo, amenazado por vez primera desde 1913. O acaso fue que así lo concibieron desde un comienzo, como sacrificio televisado por el cincuentenario monstruoso, ofreciendo un irlandés y católico hijo de la élite, cuyo cerebro se esparciría sin remedio, sin marcha atrás, como su destino sobre aquel Lincoln negro modelo ’61, en la curva de Dealey Plaza.

Había que prepararlo todo; planificar la gira nacional, calcular los tiempos, apostar los tiradores; sin olvidar un buen chivo expiatorio, uno con mala puntería, que hiciera sospechar de la versión oficial tanto como de las marginales. Divide y reinarás, pensaron, y dispusieron cada detalle; la ambulancia que se llevaba al actor fingiendo epilepsia, el desvío y la disminución de velocidad frente al depósito de libros, el ralentamiento de los motorizados y la apertura de los guardaespaldas, las ventanas abiertas, la quita cristal de seguridad, el gabinete en gira europea y los teléfonos cortados durante horas.

Pero la verdad tiene el vicio de escurrirse y persistir. Nadie puede controlarlo todo ni existe tiempo para ocultar cada pista, de amarrar cada cabo. No se podía preveer a un Zapruder y su cinta 8 mm, o los testigos del humo y la escaramuza a la vera de la empalizada, o los 18 mártires del ferrocarril, el estacionamiento y el terraplén, ni siquiera a un topo traidor como Fletcher Prounty, apodado Mr. X casi 30 años más tarde por un aceptable cineasta.

Agarraron inexorablemente al cabeza de turco y lo interrogaron 36 horas seguidas para luego entregarlo al gordo en el pasillo de la comisaría, quien estrujó la 38 cavando su propia fosa en la cárcel, siglos después. Desesperado, el gordo confesó sin confesar, señalando elípticamente conspiraciones, secretos a gritos, pero nada de nombres ni responsables serios. Algo es algo, se consolaron los miles y millones del mundo al ver morir al gordo en su calvario de uno en 300 billones, verificando amargamente la forma en que el encubrimiento confirma la trama. Yo soy un cordero, dijo el chivo, “patsy” se autoproclamó, mientras lo arrastraban del atuendo hacia el patíbulo. Y había estado en Rusia, ido y vuelto con dólares de espía, y había completado entrenamientos que posiblemente le hacían responder como un autómata, a chasquidos y canciones, y hablaba varios idiomas mientras repartía propaganda comunista a pocas calles de las pulcras oficinas de los oscuros servicios en el sur racista. Pero no sabía tirar y sobraban testigos jurando que 3 tiros, desde tamaña altura a tal velocidad, eran una hazaña incluso para los mejores snipers, cuya excelencia tampoco permite hacer doblar a las balas, como según Warren sí dobló el tercer proyectil mágico, denunciado por Garrison en el juicio de la década. No sabía tirar y lo aseguraban compañeros suyos de las fuerzas, que se reían de solo pensar que el chivo pudiera tanto en solitario. 3 o más dijo Jim, por la cantidad de sicarios para bajar a Jack en su Lincoln ’61 con un árbol en el medio, y por eso le montaron un show con cámaras para dejarlo en ridículo y después censurarlo, nationwide. Y el chivo aseveró ser un “patsy” mientras el editor fotográfico de Life, o algún pinche tercerizado por los servicios, recortaba su cara y la pegaba sobre otra de un masculino, con un rifle en el patio de atrás de una casa blanca y negra, sin contar con que la sombra del mentón no coincidía, por esas cosas que tiene la verdad, de persistir en ser descubierta.

Mientras, el guardiacárcel Johnson se apuraba a jurar en el avión junto a ella todavía con el vestido rosa de sesos manchado, como una doble traición. A pesar del esfuerzo en dibujar cara de consternación, al guardiacárcel se le deshace la mueca, en un milímetro de distracción cuando el demócrata de atrás de la foto le guiña satisfecho su ojo malo.

3 balas, dos certeras y la primera de simple presagio. Una en la garganta para callarlo y otra en el hemisferio derecho, para lo mismo. Aun así los choferes se giraron para confirmar el éxito de la misión, prevenidos con pistola, siempre listos. Y lo lloraron la tríada de amantes principales, judías, negras y arias, actrices o hechiceras, y sus críos pequeños y ella, que escapó a gatas sobre la cajuela; y lo lloró todo su pueblo y el mundo, no por lo que era mas sí por lo que representaba; y lo lloraron sus hermanos, sobre todo el tan cercano Bobby, próximo en la lista. Y allí donde el tiroteo, encendió la élite una llama alumbrando otros símbolos de su magia sacrificial, velados para el iluso que solo cree en la pantalla de rayos letárgicos. También hay placas hoy, con frases de Jack y una bandera de la provincia del sur, la de la pena capital con sombreros de ala ancha, haciendo que toda parezca bastante humano.

El cerebro desaparecería junto con las toneladas de papel sobre el chivo, el gordo, la mafia, el monstruo de Jekyll, Tonkin, el malo y su entrada en el hotel, los dos negros muertos e innúmeras otras cosas que sucedieron antes y después de la oblación de aquel irlandés católico, hijo de la élite.

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