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La paranoia fundamental de Michael Hoffman

18 Ene

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Aeolus Kephas realiza una crítica implacable a un importante libro en el género conspiranóico, Secret Societies & Psychological Warfare (1992) de Michael A. Hoffman.

Trad. por Franco Vico – fuente original NewLeafsDescargar el libro en inglés original

Es difícil imaginar una inteligencia más penetrante apremiada por una ideología tan tristemente conservadora como lo muestra el caso de Michael Hoffman. En Sociedades Secretas y Guerra Psicológica, Hoffman ofrece algunos asombrosos análisis sobre las turbias aguas de la Teatral Hechicería Masónica y la intriga política posmoderna. Aun así Hoffman parece haberse desquiciado bajo el impacto de sus propias revelaciones, ya que el trabajo en general es severamente reducido por las conclusiones “morales” y los juicios personales que el autor impone a sus hallazgos, y a sus lectores.

Hoffman arroja juicio no solamente sobre las facciones políticas que (él arguye) controlan nuestra sociedad en todo nivel por medio del abuso de ciertos principios ocultos; si no que también pone en cuestión la practica misma del ocultismo. De hecho, la perspectiva de Hoffman está casi perfectamente alineada con la del fundamentalismo Norteamericano, aunque en otros aspectos se posiciona en contra de este grupo como lo está- aparentemente- en contra de cualquier otro. Los chivos expiatorios de Hoffman (ya sean perpetradores o títeres de su hipotética agenda sombría) incluyen a John Dee, Aleister Crowley, Eliphas Levi, Robert Anton Wilson, Terence McKenna y la primer película Matrix (extrañamente, Hoffman es admirador de los libros y Films de Hannibal Lecter). Si tuviera tiempo su animosidad estaría también direccionada a Carlos Castaneda, Jacques Vallee, John Keel, Whitley Strieber, y a cualquier otro escritor “ocultista” decente, vivo o muerto (aparte de él mismo, claro está).

Una excepción es Jim Keith, a quien Hoffman etiqueta como un escritor “anti-ocultista” como si otorgara con ello la recomendación más alta posible; Hoffman incluso alude a que la muerte de Keith (reconocidamente sospechosa) resultó de su valiente denuncia del ocultismo (algo nuevo para mí). Por momentos la visión de Hoffman sugiere que sólo aquellos personajes asesinados por sus creencias (como el “Anti-masón” Edgar Allan Poe- víctima de la “mentalidad grupal”- y Christopher Marlowe) son de confianza. Nunca pone en juego la posibilidad de que su omnipotente Dios (a quien rinde repetidas loas a lo largo del trabajo) debería proteger a sus más leales agentes de semejante perjuicio; aparentemente solo la todopoderosa criptocracia de Hoffman puede decidir entre la vida y la muerte.

La paranoia fundamental de Hoffman postula un complot global que es nada menos que el trabajo preliminar para “el abierto e indisimulado reino de Satán en persona”. Empaqueta juntos a todos los intereses y propósitos ocultistas como parte integrante de este diabólico complot. La Kabalah y el ocultismo en general no son meramente sistemas de los que han abusado individuos inescrupulosos, son corruptos en sí mismos- y ni siquiera en el sentido de ser impuros, si no absolutamente malvados. Y ay de aquel embaucado por las astutas manipulaciones y siniestros juegos mentales de esta pandilla diabólica- a quienes Hoffman atribuye el esencial pecado del hubris- si piensa que podemos actuar conscientemente en pos de nuestro propio desarrollo. Como lo dice Hoffman, la única forma proba de vivir es en perfecta sumisión a su Dios (Cristiano), aceptando nuestras limitaciones y renunciando a “Satán” y junto a él a toda herética enseñanza (oculta), excepto a las de Hoffman. Incluso recomienda a aquellos deseosos de verdadera sabiduría que lean la Biblia.

Él escribe: “Fue Dios quien intervino para fijar los límites, hacer divisiones y sembrar fronteras y separación… por lo tanto sabemos que los autores de la maquinal unidad y su lenguaje son diabólicos y no divinos, y que la unidad cuando es usada en el sentido de un ‘Nuevo Orden’ universal y secular es de hecho un orden muy anticuado despreciado por Dios… ahí yace la escisión en la Historia Occidental: entre los profetas de la expansión irrestricta y los defensores de los límites prescritos por la ley divina”.

Para darle lo que es justo, Hoffman construye un alegato extremadamente fuerte contra nuestra cultura actual, por ser inherentemente corrupta y degradante. El tema es que su forma de argumentar lo socava muy gravemente. Hoffman nunca parece considerar la posibilidad de que los símbolos, enseñanzas y terminologías ocultas de los cuales abusan las sociedades secretas para sus propios malévolos fines, puedan tener algún valor más allá de los sórdidos usos a los que han sido expuestos. Al vincular la “caída” de la Humanidad al origen de estos sistemas, él arriba a la conclusión de que esto es en sí, prueba de su falta de credibilidad. La idea de que estas herramientas y símbolos son lo único que nos queda para navegar la oscuridad proyectada por la pérdida de la consciencia divina no se le ocurre a Hoffman; o si acaso lo hace, él la descarta como si se tratara de un obstáculo más entre nosotros y un necesario sojuzgamiento al Ser Supremo.

El Dios de Hoffman, como su Satán, es una fuerza externa a ser adorada y obedecida (o resistida y vilipendiada) si es que queremos escapar a la horrible trampa de las demoníacas mentiras sustentadas por la elite en el poder. Primera entre estas está la blasfemia masónica, “No hay Dios salvo el Hombre”. Irónicamente, Hoffman parece admirar a William Blake, aun cuando Blake abogó por esa misma “blasfemia” cuando escribió que Dios solo puede expresarse y manifestarse en, a através y como Hombre. Hoffman está demasiado ocupado apuntando su miedo y desprecio hacia los egomaníacos magos negros como para, aparentemente, notar la diferencia entre aquellos que desean suplantar o negar a lo divino, y aquellos que buscan encarnarlo. Como resultado, su libro es a la vez tan exasperante como revelador.

En cierto punto Hoffman admite que, al revelar los planes de la oscura camarilla, puede estar involuntariamente sirviendo a sus fines. Sin embargo continúa y lo hace de todos modos. Citando a la Inteligencia Británica, él afirma: “Percatándonos de que nuestras actividades saldrán tarde o temprano a la luz, estructuramos nuestras acciones de manera que, mientras los investigadores conspirativos las descifran, liberarán información a la conciencia pública de modo tal que espejarán nuestro procedimiento iniciático. De esta forma, cuanto más nos investigan, más masas de gente son psicológicamente procesadas por la misma gente que busca desenmascararnos. El meme que constituye nuestra estructura esencial es mimetizado exitosamente dentro de la consciencia de quienes nos investigan. Nuestro éxito puede medirse precisamente por la medida en que nuestro trabajo es ‘descubierto.’” (Pág.77)

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Hoffman continúa: “Revelar estos secretos a posteriori en nuestros tiempos modernos, a un pueblo que carece de memoria, voluntad de poder e interés en su propio destino salvo mientras sirva a la exaltación momentánea o el entretenimiento, en verdad fortalece su esclavitud. La exposición y la publicidad por sí mismas, sin un entendimiento epistemológico más amplio de la Alquimia Hermética del proceso de control en sí, es peor que inútil, de hecho juega a favor de los conspiradores.” (Pág.78/79)

¿Será quizás el miedo de jugar a favor de sus adversarios la razón de Hoffman para estar tan abocado a propagar sus creencias religiosas y morales? Esto podría también explicar su insistencia en propugnar la supremacía de “Dios” y el correspondiente peligro y locura del desarrollo personal por medio de la “hechicería”. Por dichos medios, Hoffman tal vez siente que está difundiendo un mensaje “positivo”, junto con sus oscuras y posiblemente dañinas revelaciones del método.

No obstante, me llamó la atención al leer este libro que el “mensaje” de Hoffman y el giro que le da a sus revelaciones sirve a la agenda Masónica mucho más de lo que él imagina. Al demonizar las verdades ocultas y a las personas que ayudan a diseminarlas, Hoffman está efectivamente ahuyentando a sus lectores de la herética noción de tomar sus destinos en sus propias manos. Está abogando por los viejos rituales y desalentando el pensamiento individual o la exploración del espíritu (“expansión de la mente”, como él despectivamente lo llama), en favor de leer la Biblia. ¿Habrá Hoffman tomado un ácido en mal estado, allá por los 60’s? Para ser un pionero de la Conciencia Paranoica es bastante cuadrado.

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