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Al Kamtr

2 Nov

Una ficción corta, un western de misterio con aliens de la Antigüedad en la Patagonia post-masacre del desierto…

por Franco Vico

Febrero de 1895 – Estancia Allen

Rio Negro (República Argentina)

Luego de una extenuante jornada de trabajo agreste los hombres nos reunimos, como por costumbre, en círculo junto al fuego. Tras la comida y cuando la noche se cerró sobre la estepa, el mayor del grupo, descendiente de los Aónik’enk, nos asombró como solía hacerlo, con uno de sus relatos. Sólo que esa noche fue muy diferente.

Hacía meses que convivía junto a los jornaleros y me había ganado cierta confianza entre ellos. Mi condición de blanco foráneo y la diferencia entre lenguas ya no representaba una barrera para mis investigaciones. Por lo tanto aquellas historias que anteriormente callaron, me estaban siendo reveladas dada la familiaridad que fui trabando con ellos.

La cercanía temporal con la llegada de la civilización por estos lares hace que la presencia blanca sea aun sinónimo de amenaza. No obstante, mi obstinación en aprender las labores del campo y mi poco reparo a involucrarme como un par, hizo que me aceptaran al cabo de algunas semanas.

Hace poco recibí un telegrama de Tübingen. El comité de investigación reclamaba noticias. Después del duro episodio, envié una misiva a la Universidad comunicando mis más recientes adelantos. Calculé que Herr Wärtherman se alegraría de saber que estaba progresando y que, como dice él, “no he perdido el tiempo”. Sin embargo, y aunque debo reportar todos los avances a mi tutor, dudé en confesarle lo que sabía.

Bandera de Gales

Las historias de Rudecindo- así se llamaba el hombre- variaban notablemente de una sobremesa a la otra, de un amanecer a otro. La tribu de su padre fue aliada del jefe Casimiro Biguá, quien en 1869 juró lealtad al estado Argentino y protegió a las colonias galesas del sur recién conquistado. Ese acto de conveniencia política le valió a Biguá las enemistades de otros jefes, pero salvó a gran número de salvajes y evitó que la tribu se dispersara, permitiendo que sobrevivieran sus relatos y tradiciones. De ahí la variedad y extrañeza de muchas de las historias de este remanente aborigen y su importancia para mis pesquisas.

Rudecindo ya nos había narrado la leyenda de las naves que atracaron hace casi mil años en las costas del este. De ellas descendieron dioses de “piel plateada” que “corrían en 4 patas”. Me pregunté qué grado de relación guardaban estas fábulas con la Historia real de la tribu. No creí que la hubiera.

Esa tarde aprendí más sobre la historia de Rudecindo. Supe que cuando joven, convivió de cerca con los galeses e irlandeses que se asentaron en Chubut. Luego de que Biguá se enfrentara a Calfucurá y evitara una masacre, su tribu se estableció en terreno conquistado y recibió sustento y honores. Por alguna razón esa parte de su biografía lo incomoda, al tal punto que pareciera que esconde o teme contar algo. Lo único que pude sacarle es que, según el brujo de su tribu, algunos blancos de estas colonias británicas son parecidos a los “dioses plateados”, en más de un sentido.

El resto de los peones le guarda especial estima. Podría decirse que sin ocupar un cargo jerárquico lo veneran espontáneamente, como los clanes a su shaman.

Esa noche disfrutamos- por ser el último día de la semana- de vino y la faena de un cabrito. Los peones se encontraban satisfechos y joviales. Jamás imaginaron lo que acontecería.

Cuando el jolgorio se silenció los hombres pidieron a Rudecindo una historia. Él prosiguió con una ampliación de la leyenda: Contó que los “dioses plateados” se llevaban mujeres jóvenes y niños pequeños. Las tribus, desesperadas, los buscaban incansablemente, hasta encontrarlos masacrados. A veces incluso, para evitar una matanza mayor, el jefe ofrendaba a un niño. Una valiente jóven logró escapar de las garras de los dioses y describió a la tribu sus atroces experiencias. Dijo que eran emisarios de Kerolkenk, el innombrable, y que se habían establecido en una isla en el mar oriental. Ella los observó y pudo percatarse de su mortalidad casi humana. Comían, sangraban, también dormían. Esto dio coraje a los Aónik’enk.

La tribu organizó una avanzada para finiquitar sus tormentos. La brava mujer los guió. Los guerreros lograron cruzar al islote y espiar los rituales divinos. La abominación misma era aliada de los plateados. En esa parte Rudecindo trastabilló, confundido. Sólo atinó a repetir un vocablo, o mejor dicho dos: Al Kamtr, o Alenk Kamtr. Muchos lanceros Aónik’enk perecieron en combate, pero lograron diezmar las filas de los desprevenidos dioses. Poco después la fortaleza sería abandonada, dejando atrás sus estructuras edilicias, erosionadas hasta lo imperceptible. Rudecindo señaló que la clave de esto estaba en la insignia de los gringos chubutenses. Imaginé que se refería a la bandera de Gales, que luce un Dragón rojo en el centro. Así lo entendí pues la traducción de dichos términos nativos es “hombre u hombres lagartos”.

representación del dios Azteca Quetzacoatl, la serpiente emplumada

Los peones comenzaban a inquietarse, se veían tensos, disgustados. Carraspeaban, encendían cigarros, se tropezaban o dejaban caer sus copas. “Cosa e’ Mandinga” murmuraron. Los caballos replicaban su molestia.

Las preguntas se me abarrotaban en la garganta, pero no quería interrumpir ni desviar la narración. Rudecindo dijo que los Alenk Kamtr se habían asociado al hombre blanco en los momentos en que la noche se hizo día y la tierra se dio vuelta, pero que llegaron desde el cielo, muchísimo antes. Los Kamtr son invisibles “como la claridá”, pero esta alianza hace que posean el cuerpo de algunos blancos, usándolos de títeres para sembrar el terror. Sólo unos pocos que se mezclaron con los Kamtr hace centurias tienen este poder. Su apariencia cambia revelando la naturaleza de sus amos, “se les pone la jeta de víbora”, sobretodo con la furia, el olor de la sangre o la regla de las mujeres. Se les adivina en los ojos, más parecidos a una serpiente o un gato que a “un crestiano”. Algunos blancos que no poseen este poder son servidores suyos, como “los conquistadores Roca y Vinter”. No obstante tal hipótesis está impugnada, porque ciertas tribus aseveran que ellos también cambia de forma. Algunos niños blancos están tan vinculados con los Kamtr por su ascendencia que no controlan el impulso de la transformación. Varios peones confirmaron este dato, dada su experiencia con los hijos de los patrones, en San Isidro y Córdoba. Era estupendo cuánto se ajustaba a otras mitologías lo narrado por Rudecindo. Los Naga en la India, Cécrope I de Atenas, el dios azteca Quetzlcoatl, Sobek y los Unas egipcios; los ejemplos se multiplican hasta el abatimiento.

El brujo de su tribu le explicó que hay varias clases de dioses del cielo, más benignos que los Kamtr. Algunos se parecen a los hombres blancos pero son más puros de espíritu. Ellos le dieron a los Aónik’enk el conocimiento del fuego y la medicina de las plantas.

Afuera del cobertizo, el viento patagónico azotaba los postigos. Clay, el potro negro, comenzó a corcovear impaciente, los seis corceles restantes lo siguieron. Los peones no pudieron sosegar la caballada. La tempestad se volvió más feroz avisando tormenta. Clay terminó desbocándose por completo y derribó a un peón de una patada en el pecho. Tendido acabó el hombre, sobre el desierto mojado. Dijeron que se recuperaría, eso quisieron creer.

Al día siguiente noté un cambio en la relación del grupo con Rudecindo. Sospeché que lo responsabilizaban del accidente, por “haber llamado a la desgracia”. Le pregunté si existían pruebas físicas del paso de los dioses plateados por la Patagonia. Me envió a la costa del golfo San Matías, a un lugar que llaman “El Fuerte”. Me advirtió que al facilitarme esta información estaba violando un pacto milenario de los plateados con su pueblo. El acuerdo consistía en que los dioses retrasarían todo lo posible la llegada de los conquistadores blancos a dominios Aónik’enk, mientras ellos no revelaran su paradero a los exploradores españoles. Pero las cosas habían cambiado- manifestó- y era necesario desenmascarar “los daños e’ Mandinga”.

vista de El Fuerte o Fuerte Argentino, en el Golfo San Matías, Pcia. de Chubut.

Resolví dirigirme a San Matías. Ignoraba cómo o qué buscar pero supe que mi intuición me regiría. Estuve en lo cierto. Los ocres acantilados guardaban secretos casi imposibles de descifrar para quien no tuviera pistas ciertas. El Fuerte es una suerte de atolón plano de unos 150 metros de alto, escindido del continente. Ninguna edificación corona esta masa de tierra. Aun así, resulta extraordinario que en su cara oriental se puedan ver formaciones paralelas de apariencia artificial, que recuerdan a dársenas o muelles. En las semanas que pasé allí encontré numerosas imágenes y símbolos grabados en las paredes de las heladas grutas. Ninguno correspondía al imaginario Aónik’enk. Muy por el contrario, se asemejaban sobremanera, por su hechura e iconografía, a los bajorrelieves cristianos del temprano medioevo. (1) Tomé muestras que serán confirmadas en Tübingen a mi regreso.

De vuelta a la estancia, busque en el correo la respuesta de la Universidad. Infortunadamente, mis reparos se habían realizado. Wärtherman desestimaba el nuevo rumbo de la investigación, echando por tierra mis observaciones. “[…] Recomiendo que deje estos asuntos a los astrólogos, quiromantes, mediums y otros charlatanes; a los literatos en el mejor de los casos. Si no quiere convertirse en uno de ellos, cíñase a los más estrictos preceptos científicos y mantenga el rumbo fijado por mi tutoría; de lo contrario el comité se verá obligado a descontinuar el financiamiento de su trabajo de campo. Esperamos ansiosamente noticias de sus progresos. Atte. Herr W.”

piedra encontrada en las inmediaciones del Golfo de San Matías.

Los paisanos almorzaban cuando llegué. A pesar de mis preguntas, ninguno osó comentarme qué fue de Rudecindo o del peón accidentado. Su inesperada ausencia y el sobrenatural silencio de sus compadres me alarmó hasta los tuétanos. Dispuse marcharme definitivamente. Reuní mis escasos petates y me despedí rápidamente de todos. Mr. Allen estaba en el casco. Salió a mi encuentro y estrechó mi mano deseándome suerte. Cuando lo miré a los ojos comprendí cada palabra de Rudecindo.

Bibliografía

1 – Ing. Martí, Fernando Flugerto: La llegada del Santo Grial a la Argentina, el golfo de San Matías y el cerro El Fuerte http://www.delphos.com.ar/content/est_002.htm

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