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La Singularidad

24 Nov

Un cuento de Sci.Fi metafísico, sobre la expansión del Universo en fast forward…

por Víctor Heco

Tardó en darse cuenta. Si hubiera prestado atención lo habría notado. Las cuatro cuadras que caminó hasta La Eulogia, le costaron una enormidad. Avanzaba con el cuerpo tirado hacia adelante, como empujando una etérea barrera que le ofrecía resistencia a cada paso. No había viento. El viento de agosto que recorre con furia las calles y agita los árboles hoy no soplaba. El cielo estaba despejado. Las hojas de los fresnos y plátanos permanecían inmóviles y sin embargo a él se le hacía trabajoso llegar al pub. Con un esfuerzo sobrehumano llegó a la ochava de Santa Fe y Avda. San Martín, de inmediato abrió la puerta y entonces si, la sensación de alivio lo invadió. Sintió como si hubiera escapado, a duras penas, de alguna sustancia viscosa que trataba de retenerlo, de impedirle avanzar.

El bar estaba desierto. Cosa muy rara a esa hora. Las once de la mañana, momento de café y charla intrascendente. De fútbol y política. De cigarrillos y chismes. Extraño. Ni el mozo estaba. Sobre la pared, a su espalda, un gran televisor mostraba imágenes del noticiero y de tanto en tanto las grandes sonrisas de los conductores anunciaban desgracias ocurridas aquí y en el mundo, mostrando plagas, huracanes, terremotos, mineros sepultados y escándalos del espectáculo. Avanzó con cautela. Estudiaba el ambiente. No estaba acostumbrado a ese silencio. A esa soledad. Tomó asiento junto a la ventana que da hacia la Avenida. Una ventana blanca, de esas antiguas, que se abren verticalmente, con medio vidrio. A su derecha, en diagonal veía el kiosco de Finito, justo en la esquina. También había poco movimiento. Todo muy quieto se dijo

Tal vez se distrajo. Tal vez porque era su costumbre, pensó, el mozo no lo consultó y directamente le trajo el café pero  lo cierto es que no vio nada de eso. Ni el mozo que se acercaba, ni la chica detrás de la barra sirviéndolo. Estaba mirando los coches detenidos en el semáforo cuando al dar vuelta la cabeza, vio el pocillo frente a el mientras que todo seguía solitario. Tampoco recordaba cuándo había encendido el cigarrillo, pero éste estaba humeante en el cenicero junto al recipiente con azúcar y edulcorante. Vio también dos sobrecitos rasgados en elocuente muestra de que los había volcado en la tacita. ¡Nada, no recordaba nada! ¡Qué sucede!, gritó. ¡¡ ¿Dónde están todos?!! Silencio, absoluto, opresivo y total silencio. Bajó la cabeza, trató de ordenar las ideas pero tampoco tenía ninguna. En su interior también había silencio, sólo alcanzaba a escuchar el televisor, por mas que no le prestara atención la voz le llegaba muy clara a sus oídos.

Escuchaba a alguien hablar en inglés y a pesar de no saber el idioma lo comprendía claramente. Quien hablaba parecía balbucear. Era una voz conocida. Alzó la vista y lo reconoció. Stephen Hawking, se dijo, el célebre astrofísico. Estaba explicando, con su metálica voz emitida a través de un ordenador,  su teoría acerca de que Dios, ni ninguna divinidad habían tenido nada que ver en el Big Bang. El decía que Dios no tuvo intervención cuando el infinitesimal punto conteniendo toda la materia y energía que hoy hay en el universo hizo explosión. En la colosal detonación ocurrida hace trece mil millones de años no hubo ninguna participación sobrenatural, sólo las leyes de la física. Sí, agregaba, hay un instante, inmediatamente anterior a eso en que esas leyes no se cumplen, eso se dio en llamar Singularidad. Aún no pudimos dilucidar ese hecho, agregaba el científico, pero algún día, lo sabremos. El periodista formuló una  pregunta pidiéndole precisiones sobre el Big Bang y Hawking dijo, con el lenguaje simple y llano de quien domina un tema: – Lo que ocurrió fue lo siguiente. Luego de la detonación, inmediatamente después de la Singularidad, la materia que hoy contiene el universo comenzó a expandirse. Toda la materia, la energía, la materia oscura, el hidrógeno, el helio, todo, empezó una expansión que aún continúa y los elementos químicos básicos comenzaron a combinarse y a formar las estrellas, las galaxias y los planetas. Todo surgió de ese momento mágico y, contrariamente a lo que se pensaba, la velocidad de expansión del universo continúa acelerándose. Llegará un día, dentro de millones de años, en que nuestro cielo no será tan luminoso como lo conocemos ahora, el cielo será oscuro pues las estrellas, se están desplazando.

Ese fue precisamente el momento en que se dio cuenta. ¡Claro!, dijo, ¡Es evidente! ¡¡Es eso!! Quería contarlo pero estaba solo. Su mente, que ahora si pensaba, realizó una pausa. Ordenó sus pensamientos y, reanudando la cadena de razonamientos concluyó que su dificultad para avanzar camino al pub no se debía a la debilidad o al  viento; ¡de ninguna manera! Se trataba simplemente de lo que había expresado el Dr. Hawking. Era muy simple. El café no era el café de hoy, era otro café, ¿de ayer? ¿De hace un año? Puede ser. A su alrededor, las paredes ya no eran las paredes del bar, eran las de la vieja farmacia que funcionaba en el lugar. El kiosco de Finito ya no estaba, había una vieja vinería. Al frente, el local del servicio de internet fue reemplazado por la antigua tienda Baravalle. Desapareció el semáforo, las calles eran de tierra. Lo compendió todo muy claramente. ¡El universo, su universo, había dejado de expandirse! Eso, con lo que el luchaba camino a La Eulogia, no era otra cosa que su universo en retroceso. Las cuatro cuadras que caminó desde su casa, fueron una lucha sin cuartel contra el infinito que se comprimía. Su infinito. Su espacio. Su tiempo.

Miró la mesa. Se estaba desdibujando. Tenía una extraña transparencia. Veía la mesa pero también el piso de madera entablonada. El humo del cigarrillo regresaba. La copa que rompiera quien sabe cuando, volvía a estar sana. Las cosas volvían a su lugar. El orden se restauraba. Los sobrecitos de edulcorante estaban sanos. Sus manos, ahora,  también eran traslúcidas. Su cuerpo, todo, era un simple contorno luminoso. Desde el televisor, Hawking parecía hablarle a el solamente. En este momento decía que dentro de millones de años, ese proceso de expansión se detendría y todo volvería a su punto inicial. ¡Mentira!, gritó, ¡Mentira! ¡Lo que se detiene y se contrae es el universo de cada uno, el proceso continúa, es infinito, es eterno.

Mientras gritaba eso, fue desmaterializándose. Ya no estaba en La Eulogia, con su olor a café y cigarrillos, debajo de él veía La Tierra, con sus océanos y sus nubes, pero continuaba su ascenso. Se sintió parte de todo. De la tierra, sus plantas y animales. Se asumió formando parte de cada una de las manifestaciones de vida del cosmos. En todo su ser, una total comprensión de las reglas inmutables de la creación, hizo explosión.

Se encontró admirando el espacio. Miró hacia el Sol y los gigantes planetas lejanos. Sobre un fondo oscuro, iluminados por la luz dorada de nuestra única estrella, en un magnífico claroscuro,  el perfecto mecanismo de sus órbitas realizaba su danza eterna. Pudo apreciar el proceso de formación de las estrellas. Contempló la muerte de otras. Las veía crecer hasta tamaños inimaginables y luego colapsar en una explosión dantesca, diseminado material estelar a los confines del universo. Se maravilló con la belleza de los pilares de la creación, aquellas reserva de materia cósmica  de dónde surgen las galaxias. Vio la errática orbita de los cometas, transportando agua y los elementos críticos para fundar la vida en mundos aún inexistentes. También, observó su vida, la que recordaba, ésta, la inmediata, que estaba finalizando y las que pudo tener. Supo de destinos alternativos, de mundos paralelos, de futuros probables. Experimento el dolor de sus tres fatales y consecutivos infartos. Entendió todo. Aquello que se dice, de que quien fallece puede repasar su vida era cierto. Cuando nuestro Universo comienza a contraerse también retrocede nuestro tiempo, volvemos al origen, volvemos a empezar, volvemos…

En ese momento, algo así como una voz que le transmitía con infinita ternura, se dejo oír en su esencia: -Bienvenido – le dijo a modo de saludo, Estás de regreso. No temas. Hawking pronto lo descubrirá. Yo Soy el que Soy. Yo soy la Singularidad.

Mas tranquilo, sabiéndose a salvo, se hizo uno con la creación.

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Civilizar

19 Nov

Hialoidea Shrödinger nos acerca un clásico de la Ciencia Ficción, “Civilizar”, cuento corto del año 1954…

portada de la novela “¿Who?”, obra maestra de Budrys del año 1958.

por Algis Budrys

Después de tantos años, de tantas generaciones, los terráqueos estaban volviendo al hogar, pacíficamente, sometiéndose a la orden de exilio. ¿Cuál era el significado de todo ello? ¿Por qué dejaban los terráqueos que les expulsaran? No había luna, no había estrellas; el cielo estaba sombrío. Las luces del espaciopuerto elevaban hacia el cielo un paraguas amarillo-blancuzco, atravesado por los plateados reflejos arrojados por la nave en el sitio de despegue. Los grandes montacargas situados en las compuertas de carga de la nave hacían crujir sus cables, con un ruido desproporcionado. Exceptuando el constante rumor de fondo del ruido provocado por el esfuerzo del metal, el campo estaba tranquilo.

¿Está realmente tan tranquilo?, pensó Deric. ¿Era el silencio que se esconde en la vanguardia de una tormenta, a punto de ser rasgado en jirones cuando el viento repentinamente comienza a aullar? ¿Es así como va a terminar? Deric descansó su peso contra el raíl de la plataforma de observación, su ágil cuerpo extendido como una tensa cinta. Veía brillar las luces del campo desde la pulida oscuridad de su escondite, destellando en los cortados y plateados folículos de su cresta. ¿Es ésta la forma de actuar de los terráqueos? Exceptuando los gráciles cuerpos de su propia gente, que operaban en los silenciosos transportadores de carga que fluían de la nave, no había vida en el campo. Ni siquiera detrás de las grandes puertas de carga había ningún signo de movimiento. Debajo de él, al nivel del suelo, los Galácticos esperaban en su gran habitación que terminara la operación de carga. Luego habría una procesión de figuras, cargadas con su equipaje personal, caminando a través del campo hacia la nave. Habría mujeres llevando o guiando a ¡os niños, y hombres caminando al lado de ellas.

En el comienzo, cuando la orden había sido publicada, Deric había pensado que habría problemas, los Galácticos no eran mansos. Cuando eran lo suficientemente independientes en sus asuntos cotidianos, y aunque ocasionalmente discutían entre ellos, los había visto en emergencias unirse en un hermético y compacto grupo que operaba con una elevada y tranquila eficiencia. Había todas las razones para esperar algún tipo de demostración por parte de ellos. Nada había sucedido. Los Galácticos habían vendido sus pertenencias al gobierno sin un murmullo, y dispusieron de sus otras pertenencias no esenciales rápida y silenciosamente. Sus hijos habían sido borrados de todas las clases o grupos especiales a los que estuvieran atendiendo; se habían efectuado las despedidas, y ahora, un escaso mes GST después de la publicación de la orden dada por el Voroseii, los Galácticos estaban abandonando Voroseith, para no volver nunca. ¿Nunca? Incluso ahora, a Deric le resultaba casi imposible creerlo. La orden era específica, e impuesta, pero él había visto otras leyes relajadas o evadidas con el paso del tiempo. O, por ese motivo, superadas.

¿Era ésta igual? Deric había oído muchas historias acerca de los GSN y sus grandes y verdes naves que derramaban el fuego de un sol desde sus innumerables armas. ¿Estaban los terráqueos abandonando Voroseith de tal forma que el planeta quedaría desprotegido frente a los bombardeos del espacio exterior? No, esa posibilidad había sido considerada antes, y rechazada. Verdaderamente, ningún planeta solo podía enfrentarse a la Federación. Ni siquiera un grupo de sistemas solares podía hacerlo. La lección de la Secesión Ardan aún estaba fresca, y era terrible. Pero la protección de Voroseith residía en el mismo hecho de que era un solo planeta, y relativamente sin importancia para la Federación como un todo. Comparado con la flota de la GSN, su propia flota era un insignificante grupo de naves. Pero, nave a nave, era igual de mortal, y el precio de la conquista sería alto; demasiado alto para la ganancia que se obtendría. No habría ninguna guerra.

Aun así, ¿por qué no había ninguna protesta? Los Galácticos tenían hogar y propiedades en Voroseith. Los nietos de los pioneros habían crecido en este mundo. Había centenares de amistades, relaciones de negocios, lazos de mucho tipo. Como un amante de un extraño arte de composición como era la ópera, Deric sentiría la pérdida de los nuevos libretos Berkeley, porque nadie podía trabajar tan bien con Marto Lihh. La Federación misma no había hecho más que enviar las naves de transporte. Toda referencia a la orden había sido repentina, casual, como una cosa que existe sin preguntas.

El no dejaría que los Galácticos partieran y lo dejaran sin una respuesta. Se bajó del raíl y se deslizó rápidamente por la rampa hacia la habitación en la que estaban los terráqueos.

Aquí también había silencio; incluso los niños estaban callados. Los Galácticos se sentaban en hileras de bancos, dándose la cara los unos a los otros a través de los angostos pasillos. No había conversación, pero grupos de amigos se habían sentado juntos y ocasionalmente había una sonrisa o un movimiento de cabeza a través del pasillo.

Cuando Deric entró, algunas cabezas se giraron en su dirección. En cada caso, hubo una sonrisa amistosa en cuanto fue reconocido; algunas personas se separaron del grupo al que pertenecían y vinieron hacia él.

—¡Deric! —Era Morris, uno de los hombres que había trabajado con él en el museo. El Galáctico se dirigió hacia él rápidamente, y posó su mano detrás de la cabeza de Deric con un firme y amistoso golpecillo de bienvenida. Deric chocó gentilmente su mano derecha con la del terrícola.

—Pensé que bajarías —dijo Morris. Su cara estaba pesarosa ante el pensamiento de la partida. Ahora que estaba aquí, entre ellos, Deric sintió la extrañeza de la situación con más fuerza que antes. Nunca antes había visto un grupo de Galácticos sin ver su propia gente entre ellos. Parecía extraño darse cuenta de repente que ésta era la selección de Galácticos de Voroseith, que la mayor parte de esta frente se conocía menos entre sí que lo que conocían a los individuos Voroseii, entre los cuales habían trabajado y vivido; pero, de todas formas, ahora eran un grupo homogéneo y segregado por el mero hecho de que todos ellos eran Galácticos.

Era posible considerar el problema entero como una especie de rompecabezas intelectual, para ser evaluado a la luz de los factores económicos que habían hecho necesaria la orden. Pero Morris era su amigo y su compañero de trabajo, por lo tanto la situación se convertía en la de perder un buen amigo, no volver a ver a su familia, y aprender a recordar que el Día 184, GST, no era ya el cumpleaños de Susan Morris.

—Quería verte —dijo Deric—. No estoy seguro de que debería estar aquí, pero… —Se detuvo, vacilante—. Bueno…

Morris sonrió.

—Gracias, Deric. Los otros Galácticos que habían venido intercambiaron saludos con él. Cada uno de ellos, como Morris, reflejaban una pena tan grande como la de Deric. Vio a Berkeley, sentado solo al final de un banco; sus ojos estaban sombríos. ¿Cómo se siente él?, se preguntó Deric. Se volvió hacia Morris.

—Yo…, si es posible, ¿podría hablar con él? Sabes cuánto admiro su trabajo.

—Eso es fácil —dijo Morris—. Ven.

Deric siguió a su amigo a través del suelo de la sala de espera. Mientras pasaba entre los demás Galácticos que estaban sentados, pudo ver las mismas huellas de tristeza en sus ojos, tristeza, pero no protesta, no rebelión. Berkeley miró hacia arriba cuando oyó las palabras de Morris.

—¿Deric Liss?

—Volvió los ojos hacia Deric—. Por supuesto. —Se acercó y tocó el cuello de Deric cálidamente—. He leído su Historia cultural. Uno de los textos más valiosos que nunca he visto.

—Gracias —dijo Deric, brillándole los ojos. Completamente turbado, sintió que su cuerpo temblaba torpemente—. Siempre he admirado su trabajo —dijo impulsivamente, consciente del convencionalismo de la situación. Habiendo contestado al cumplido de Berkeley de la forma que lo había hecho, sonaba como un intercambio de ellos más que el sincero aprecio que quería demostrar. Pero Berkeley sonrió, sus ojos arrugándose en las esquinas.

—Nunca tendré un compositor como Marto Lihh para trabajar —dijo.

Un rastro de su anterior expresión melancólica regresó a su rostro. Deric no pudo seguir ocultando su turbación durante más tiempo. Miró a Morris y Berkeley.

—No puedo entender esto —dijo, su voz llena de desconcierto—. ¿Por qué se van? O si deben marcharse, ¿por qué no…? Dejó que la frase muriera. Uno no puede preguntarle a un hombre por qué no está resentido por la injusticia que uno ha cometido con él.

—¿Por qué no hacemos una demostración de nuestra famosa agresividad terrestre?— preguntó Berkeley, sonriendo.

—Sí. —Completamente desconcertado, añadió—: Y usted…, un hombre que está dejando todo lo que ama y por lo que trabaja… ¿No está usted, por lo menos, resentido por lo que nosotros hemos hecho? Berkeley movió la cabeza.

—¿Resentido? Su planeta está superpoblado. No hay otros planetas habitables en este sistema, y nosotros estamos compitiendo con ustedes por el poco lugar que hay. Es lo más natural que su gobierno tenga que considerar el bienestar de ustedes. Después de todo, somos una raza extranjera; éste es su planeta, para hacer con él lo que deseen. Considero que la orden ha sido una medida muy sabia, desde el punto de vista de su gente. Estoy seguro que el resto de nosotros piensa de la misma forma. Morris asintió.

—Pero la Federación…

—La Federación es exactamente eso…, no es un imperio. Ustedes tienen los privilegios de sus miembros… y los derechos, también —puntualizó Berkeley. Si él personalmente sentía una pérdida personal, la mantuvo dentro de sí.

—Aún sigo sin comprender. Cuando el grupo Ardan se separó, el resto de la Federación se negó a admitirlo —dijo Deric.

El rostro de Berkeley se nubló.

—La Secesión Ardan era una insurrección armada, nacida de la ambición frustrada y de un deseo de poder. Fue motivada únicamente por el deseo de los árdanos de volver a tener el control de la Federación.

—Pero ellos estaban tan justificados ante sus ojos como nosotros ante los nuestros — protestó Deric.

Berkeley irguió su cabeza. —Quizá, pero ¿y los disolucionistas de Ardan? ¿Era ése un signo de que todos los árdanos estaban de acuerdo con la política de su gobierno?

—Yo tampoco apruebo nuestra acción —replicó Deric.

Berkeley sonrió.

—Usted quiere decir que le duele porque es de alguna manera perentoria; y este sentimiento se ve aumentado por el hecho de que nosotros nos estamos sometiendo a ella sin acciones que la hagan parecer emocionalmente justificada. Si hubiésemos luchado, ustedes al menos podían haber sentido que quizá el hecho de quitar de en medio a los pendencieros terrícolas era algo necesario.

Algis Budrys, autor de Ciencia Ficción de origen lituano (1931-2008)

—Sí —admitió Deric, lentamente, abatido. Nunca había llevado su pensamiento tan lejos. —Pero ustedes no están activamente enojados ante la orden —continuó Berkeley—. Simpatizan con nosotros, pero no piensan que sea una situación ultrajante. El Galáctico tenía razón. Deric podía sentir moviéndose con embarazo otra vez.

—No sé qué decir —musitó. El libretista sonrió otra vez.

—No hace falta que diga nada —dijo cálidamente—. Nosotros hemos sabido desde el principio que esto ocurriría algún día. Lo habíamos aceptado, por lo que no nos ha venido como un choque demasiado fuerte. Deric sintió que otra vez sentía su desconcierto como una cosa viviente.

—Pero si lo sabían, ¿por qué vinieron? Recuerden la historia de las tres últimas generaciones. Después que fuimos contactados por la nave de exploración, su gente vino, se instaló en nuestra cultura, y comenzaron a vivir a nuestro lado. Más que a nuestro lado. Ustedes trabajaron para el mismo fin que nosotros: el progreso de la cultura y la civilización en Voroseith. Hablan nuestro idioma. Nunca han hecho nada para el beneficio de la Federación o de la misma Tierra. Era como si… como si fueran voroseiis, no extranjeros. Fue difícil de creer. Esperamos impuestos de algún tipo. Esperamos que trajeran sus artes y su ciencia, que mezclaran su cultura con la nuestra. Pero nada de eso ha sucedido. Y ahora, aunque sean Galácticos, no obstante son voroseiis. Si sabían que algún día tendrían que marcharse, ¿por qué han hecho de Voroseith un hogar más verdadero que el que cualquier planeta puede serlo? Berkeley, que había escrito poesía como un voroseii lo hubiera hecho, pensando en términos de una escala de seis tonos, dejó que una sombra de pesar cruzara por su rostro.

—Sí, imaginé que eso sería lo que ustedes esperarían. Fue lo que los árdanos hicieron, cuando dirigían la Federación. Está en lo cierto, y también está equivocado. Sonrió, casi pensativamente.

—Sí, Voroseith es un hogar para nosotros, y lo echaremos de menos. Pero de todas formas, estábamos trabajando para el beneficio de la Federación. Hemos tenido que actuar como si siempre hubiésemos vivido aquí… más que actuar teníamos que creer que siempre hubiésemos vivido aquí. Teníamos que dedicar todas nuestras sinceras energías a trabajar para Voroseith. Fue… —Dudó, y por un momento hubo una mirada perdida en su rostro—. Cuando nos dimos cuenta de que nuestro trabajo estaba hecho sentimos una conmoción. Voroseith está listo para el viaje interestelar.

—¿Espacio interestelar? —Deric sintió que su espalda se arqueaba desconcertada. Morris asintió.

—Está a punto. Ese es el motivo por el que ahora tienen su armada. Han estado trabajando en las técnicas necesarias.

—Pero la Federación gobierna la galaxia. ¿Por qué nos van a permitir que nos metamos en su territorio? Berkeley volvió a hablar.

—La Federación no gobierna nada; no se puede imponer la civilización por la fuerza. Es vuestro turno, como miembros de un movimiento civilizado, de salir y transmitirle lo que poseéis a otras gentes. El espacio está lleno de mundos, y de gente. La Tierra guía la Federación, es cierto, pero no la dirige; nadie lo hace. Trabajamos con el común denominador de la civilización entre nosotros; pero es «civilización» como un concepto abstracto, no como un rígido patrón universal de algún tipo, dentro del cual cada cultura debe ser encajada y forzada, apretada dentro de un molde para el que nunca ha estado preparada.

—¿Hemos intentado alguna vez que hicierais las cosas a nuestra manera? —preguntó Morris.

Deric movió su mano en señal de negación.

—No, no lo habéis hecho. Habéis aprendido de nosotros, y luego os habéis convertido en la mayor parte en individuos que trabajaban para elevar nuestra cultura. Habéis traído un enfoque nuevo a muchos problemas; pero era un acercamiento basado en las raíces de nuestra cultura, no de la vuestra.

Se detuvo. El anunciador crujió.

—Toda la carga está ya a bordo. Los pasajeros pueden embarcar. —La voz del anunciador perdió su impersonalidad. Otro voroseii estaba despidiendo a sus amigos—. Buena suerte, terrícolas. Las filas de sentados Galácticos se levantaron, aún silenciosos, a pesar de la confusión de pies, del ruido de los equipajes cuando eran levantados. —O sea, que ahora estaremos en el espacio a vuestro lado —afirmó Deric a Berkeley. El Galáctico asintió.

—Cuando grupos como el nuestro dejan un mundo, es la señal histórica de que otra raza está yendo hacia las estrellas, civilizada, para civilizar. Deric sintió que una oleada de orgullo le atravesaba.

—Entonces, esto era un estadio, como el tiempo de la nave exploradora durante el cual hemos sido entrenados.

Morris movió la cabeza.

—No entrenados. La nave exploradora era una prueba, de verdad, pero una prueba diseñada para medir nada más que vuestra habilidad para concebir otras razas por debajo de la vuestra, y vuestra presteza para aceptar el hecho de que el viaje interestelar era una realidad. ¿Por qué debíamos entrenaros? Nuestra cultura no es superior a la vuestra en ningún aspecto, y hay demasiada diversidad de razas en el espacio, y demasiados pocos terrícolas como para justificar, aun remotamente, cualquier intento de obligaros a hacer las cosas como se hacen en la Tierra. No, hemos sido enviados para el único motivo de acostumbraros a trabajar al lado de otras razas. No éramos instructores sino compañeros de trabajo. La mayor parte de los Galácticos estaban ya atravesando la puerta que les llevaría hacia el campo. Morris y Berkeley tocaron el cuello de Deric otra vez.

—Adiós, Deric —dijo Morris. Deric miró al comienzo de la hoja. —Pero… ¡es el manuscrito original de la Epopeya de Llersthein! Berkeley asintió.

—Cójalo. Lo recordaré, y además nadie podrá entenderlo realmente donde voy. Deric miró al Galáctico. Sus ojos volvían a estar sombríos, y aunque no era realmente uno de los suyos —teóricamente, las expresiones faciales de una raza eran incomprensibles para la otra—, Deric pudo leer lo que yacía en la mente, detrás de los ojos, y no se le ocurrió que había algo importante debajo del hecho de que pudiera interpretar su expresión.

—Gracias —dijo, y dejó que la posición de sus manos y el movimiento de su cuerpo le indicara a Berkeley cuáles eran sus sentimientos. Los dos Galácticos cogieron su equipaje y lo equilibraron sobre sus hombros, y se unieron a los grupos de sus respectivas familias, que les estaban esperando. Deric se quedó donde estaba, observándolos marchar, aun intentando aferrar lo que había vislumbrado, semicomprendido. También era importante, lo sabía. Explicaba, más que la tristeza, el silencio que se había cernido sobre la sala de espera, el extraño sentimiento por el que los Galácticos se habían unido en numerosos grupos pequeños, cada uno de ellos volviéndose hacia su familia y hacia sus amigos más inmediatos. Como si estuvieran en peligro…

¡Miedo! ¡Estaban asustados! Morris, Berkeley…, todos ellos. Los vio llegar a la puerta y esperar a sus familias, que les precedieron. Enroscó sus músculos y se deslizó hacia adelante con un rápido movimiento.

—¡Esperad! Berkeley y Morris se giraron hacia él, interrogándole con la mirada.

—¿Adonde vais? —preguntó Deric—. ¿Qué vais a hacer?

—No lo sé —dijo Berkeley—. No lo sé —repitió lentamente—. Nos llevan a la Tierra.

Y ahora pudo ver Deric plenamente la desnuda incertidumbre en sus ojos, la ansiedad, el viscoso matiz del miedo.

—Tenemos que seguir yendo de un sitio a otro —dijo Morris, con una repentina brusquedad, la brusquedad de los nervios tirantes hasta el punto en que cantaban y vibraban, esperando un peso nuevo para estallar y azotar con efectos mortales. Berkeley sonrió a Deric: pero había blancas manchas a lo largo de su mandíbula. Dejó caer una mano amistosa en el cuello de Deric.

—Me gustaba esto —dijo pensativamente—. Nací aquí, al igual que mi padre. Miró hacia arriba, a través de los cristales de la puerta de salida, y en ese momento, el cielo sombrío finalmente se abrió, y la luz de las estrellas brilló a través de las nubes. Berkeley retrocedió como si algo le hubiese golpeado. Entonces se sacudió y sonrió ampliamente, con la amplia sonrisa de pelea que es la marca de fábrica de los terrícolas. Aun así, había algo escondido en su voz cuando dijo: —Me pregunto cómo será la Tierra.

—¡Ven! —dijo Morris, y casi empujó a Berkeley a través de la puerta. Levantó su mano en una última despedida a Deric, y Berkeley, con la mano de Morris en su hombro, sernigirado, movió su mano disculpando el nerviosismo de su amigo.

Deric continuó mirándoles, sintiendo los primeros comienzos de un hilillo de conocimiento en su conciencia, sabiendo que el hilillo se convertiría en un vivo y saltarín torrente. Cuando viniera sería mejor que él estuviera muy, muy ocupado, en algún trabajo lo suficientemente sin importancia como para que no se malograra con las manos temblorosas, o con una visión nublada. ¿Qué era lo que había dicho el anunciador? ¿Adiós, terrícolas? Movió la cabeza en la clásica forma terrestre, se giró, se deslizó subiendo por la rampa que iba a la plataforma de observación, vio a los últimos Galácticos entrar en la nave que estaba esperando.

—Buena suerte, Voroseii —dijo suavemente, cuando sus hermanos se iban, sin protestar, al exilio.

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